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La Politica Diplomatica del Estado Sovietico.

La política exterior de Kruschev se caracterizó por su carácter movido e imprevisible que, por un lado, le hizo rozar, más que en ninguna ocasión anterior, el peligro de un auténtico holocausto nuclear. Sin embargo, un fondo de buena intención y de realismo le llevó a evitar en última instancia esa catástrofe al mismo tiempo que se tomaban las primeras medidas en relación con el empleo del arma nuclear. Su diplomacia fue habitualmente militante y agresiva: en sus declaraciones, podía ser ingenioso y espontáneo, pero también era vulgar y nada prudente. El método habitualmente utilizado por Stalin no dejaba de tener semejanzas con el suyo, al fundamentarse en amenazas exageradas destinadas a intimidar, pero que a veces concluían en retrocesos efectivos. Cuando les decía a los dirigentes capitalistas que "les enterraremos" o que "el final de su sistema era cuestión de tiempo" era sincero pero provocaba una inmediata reacción antagónica. El ejemplo más característico del carácter contraproducente de muchas de las actitudes de Kruschev estuvo constituido por su visita a la ONU en septiembre de 1959, que causó una impresión por completo contraria a la que había querido, cuando se dedicó a golpear con su zapato su pupitre, para protestar de la intervención de un dirigente occidental. Desde el punto de vista de los propios intereses de la URSS, el resultado de sus iniciativas -y de su gestión en general- fue mayoritariamente negativo. La política extranjera de Kruschev partió de un movimiento comunista internacionalista unido tras la URSS y concluyó con un Estado soviético humillado por el otro grande y con una real fragmentación del movimiento comunista que resultó ya irreversible, aunque por el momento no lo pareciera. Los tres problemas que tenía la política exterior de la URSS derivaban de sus relaciones con China, Alemania y los Estados Unidos. China era demasiado grande como para aceptar el predominio de la URSS, por más que ésta hubiera sido el origen de la revolución comunista. En estos momentos, además, iniciaba una etapa de grandes experimentos que nacieron de forma autónoma y que nada tuvieron que ver con la experiencia soviética. Mao, por otro lado, venía a ser ya el decano del comunismo y era imposible que aceptara lecciones de terceros, sobre todo cuando estaba en cuestión el mantenimiento mismo de la línea impuesta por Stalin, a pesar de que éste había hecho muy poco por ganarse a los comunistas chinos. De esta manera, el conflicto de la URSS de Kruschev con China da la sensación de haber sido inevitable. Pekín acusaba a la URSS de ser reformista y Kruschev a ella de "escupirle" con el maltrato y de parecer demasiado confiada en que su volumen demográfico le evitaba cualquier peligro cierto sobre el destino de la revolución. En 1962, consciente de que era imposible un acuerdo, Kruschev retiró todos sus consejeros de China y las relaciones entre los dos países no volvieron a ser las mismas. El movimiento comunista quedó, por tanto, en una situación de bicefalia acompañada de frecuentes disputas sobre cuestiones fundamentales. Buena parte de los reproches de la China de Mao a Kruschev nació como consecuencia de los deseos de éste por lograr la normalización de las relaciones con la Yugoslavia de Tito. Este intento puede ser considerado como un testimonio del leninismo ingenuo de Kruschev, como si bastara con la buena voluntad de los dos líderes comunistas para cicatrizar la herida anterior. Pero la voluntad de autonomía del líder yugoslavo se vio ratificada por el éxito que había tenido al negarse a aceptar las órdenes de Moscú. En 1955, por vez primera un dirigente soviético -el propio Kruschev- visitó Yugoslavia sin que, como consecuencia, se produjera un cambio significativo en la situación. En la práctica, Tito se convirtió en una de las cabezas del tercermundismo, sin alinearse con la URSS en el escenario internacional, y ello a pesar de que Kruschev mantuvo una política de atracción con respecto a los países árabes que recibió amplio apoyo en su país. En cambio, respecto a los restantes países de la Europa del Este parece haber mantenido una actitud mucho más dura como era lo habitual en la época del estalinismo. Lo prueba no sólo la intervención militar en Hungría sino también la presión militar sobre el polaco Gomulka cuando estaba reunido con la propia dirección soviética. En relación con Alemania, problema inevitable para los soviéticos tras la guerra, Kruschev amenazó con que o bien se firmaba un tratado de paz definitivo o bien los soviéticos lo suscribirían con la Alemania Oriental y, a continuación, le cederían la soberanía sobre las vías de acceso a Berlín, lo que supondría asfixiarla o provocar un conflicto irreversible con Occidente. En realidad, no llegó a entender nunca por qué los norteamericanos no querían aceptar unas fronteras que consideraba irreversibles.

Probablemente, Kruschev no pensaba más que en lograr una moneda de cambio que le hubiera dado la capacidad de controlar el supuesto deseo de los norteamericanos de dar el arma atómica a la Alemania Federal. No era así, pero al menos consiguió que la Alemania del Este controlara su propia frontera, aun con la vergüenza de tener que evitar que sus ciudadanos la abandonaran de forma voluntaria. Pero la forma en que planteó sus exigencias y, sobre todo, el hecho de que permitiera que sus aliados alemanes elevaran el Muro de Berlín agravaron de manera muy considerable las relaciones entre Occidente y Oriente. Pero si con ello se pudo producir una Guerra Mundial, esta realidad resulta todavía más evidente en el caso de Cuba que puede ser descrito como una arriesgada partida de póquer en que la apuesta era una guerra nuclear. Con respecto a los Estados Unidos, la URSS estaba en manifiesta inferioridad en materia nuclear y relativa a los misiles. Kruschev -que en todos los terrenos veía como algo inevitable la existencia de una competición entre el capitalismo norteamericano y el comunismo soviético y que no concebía otra negociación que, desde la fuerza- quería llegar a lo más parecido a la paridad y encontró en la instalación de los misiles en Cuba el procedimiento menos costoso y más rápido para lograrlo. En agosto de 1961, uno de los dirigentes cubanos intentó convencerle de proclamar el carácter marxista de la revolución y, al mismo tiempo, recibir la solidaridad militar soviética. Sin embargo, en un segundo momento, la decisión fue adoptada por la URSS sin ni tan siquiera consultar previamente a Castro, que tuvo tan sólo que ratificar la decisión tomada allí, tal y como reveló Kruschev en la segunda parte de sus memorias. Gromyko, en la discusión previa que concluyó con esta decisión, afirmó que llevar los misiles soviéticos a Cuba causaría grandes problemas, pero el líder soviético rechazó cualquier discrepancia al respecto. El transporte de los misiles y de varias decenas de miles de soldados fue denominado Operación Anadyr, nombre de una región ártica, para ocultar el destino de los envíos y sólo diez personas estuvieron informadas por completo acerca de su contenido y finalidad. Kruschev estaba informado día a día y se entrevistó hasta dos y tres veces por semana con Malinowsky, el responsable militar de la operación. Se pensaba instalar 50.000 hombres y sesenta misiles, de los que cuarenta y dos ya estaban emplazados en Cuba cuando se produjo el bloqueo, aunque no estuvieran aún montados en su totalidad. A partir de un determinado momento, toda la dirección soviética estuvo informada y aprobó el proyecto, cuyo resultado se planeaba revelar en el momento en que los misiles estuvieran instalados por completo. No obstante, a pesar de lo arriesgado de la operación en términos de prestigio e incluso desde el punto de vista personal, Kruschev supo dar marcha atrás cuando percibió el peligro de un desenlace bélico. Las cartas que por entonces envió a Kennedy fueron probablemente más personales que las que recibía del presidente norteamericano. En cambio, la población soviética ni siquiera fue informada de que se había corrido el peligro de un auténtico holocausto nuclear, pero la dirección del partido fue consciente de que el desenlace no había sido demasiado positivo para la URSS. Cuando Kruschev fue expulsado del poder, una parte de la acusación consistió en decir que se había arriesgado mucho y que finalmente había cedido también mucho. Los fracasos parciales de Kruschev, tanto en política externa como en la interior, explican que a partir de 1961 arreciaran sus dificultades, problema que trató de solventar a base de promesas de futuro y una nueva oleada de desestalinización. El programa del PCUS, aprobado en el Congreso del verano de ese año, fue considerado como la transición hacia el comunismo y la desaparición de la dictadura del proletariado. La URSS iba a crecer en su producto industrial a un ritmo del 10% anual y en diez años llegaría a lograr la productividad de la economía norteamericana. En 1980, llegaría a superar a los Estados Unidos en PIB, de tal manera que la generación más reciente contemplaría el paso hacia un "porvenir radiante" que supondría la superación de la dictadura y el comienzo de una nueva etapa histórica, en que cada uno recibiría del Estado de acuerdo con sus necesidades. Se hizo, en concreto, la promesa de que los alojamientos y los transportes serían ya gratuitos en este momento. Además, en este Congreso se inició una nueva oleada de desestalinización. Stalin solucionaba sus problemas a base de purgas y terror, pero Kruschev utilizó el recuerdo de ambas. Se hizo público, por ejemplo, el papel relevante que algunos enemigos del secretario general habían jugado en la represión estalinista. Respondiendo a una petición de la organización del partido en Moscú, los restos de Stalin abandonaron el mausoleo de Lenin para pasar al Kremlin bajo una capa de hormigón, mientras que sus estatuas desaparecían de los lugares públicos. Se habló incluso de la posibilidad de elevar un monumento en honor de los ejecutados por Stalin, un propósito que luego reapareció en tiempos de la "perestroika". Pero estas medidas resultaban superficiales y epidérmicas, frente a una realidad de fondo consistente en la consolidación del poder de una clase dirigente, crecientemente conservadora y encastillada en sus privilegios. De todas las propuestas, tan constantes como improvisadas, de Kruschev, la que preocupó más a quienes estaban en el poder fue la de que los miembros de la burocracia del partido -"apparatchik"- perderían su "status" adquirido, que en la práctica era vitalicio. De acuerdo con lo aprobado en el Congreso citado, el Comité Central sería renovado en los meses sucesivos al menos en un 25%, mientras que en el Presidium -o Politburó, como antes se había denominado- no podrían producirse más que tres reelecciones sucesivas. El poder del líder quedaba de esta manera asentado con firmeza, pero el de la clase dirigente estaba en peligro, al menos en lo que atañe a su carácter permanente.

. En la práctica lo que, por este procedimiento, se introducía era un sistema de rotación en el poder que iba a resultar inaceptable para la dirección soviética. Parece que hubo también algún proyecto constitucional que, al menos en lo que respecta a su contenido escrito -se llevara a cabo o no- hubiera podido acentuar esta sensación de reforma peligrosa para los dirigentes. Pero en el fondo, éstos mantenían sólidamente en sus manos el poder efectivo. En el momento de la caída de Kruschev, el partido tenía 11.7 millones de miembros y había incrementado su afiliación en aproximadamente un 50%. En un principio, Kruschev parece que quiso, dentro de su habitual tono populista, conseguir que la afiliación fuera proletaria, pero en la práctica sólo el 4% de los obreros eran miembros del PCUS, mientras que pertenecía a él un 25% de la "intelliguentsia". En la URSS, todo el que aspirara a puestos de responsabilidad debía ingresar en el partido antes de cumplir los treinta años. Quedaba así generada una clase dirigente burocrática que, en la posterior generación, careció ya del ímpetu revolucionario de Kruschev y que tendió por tanto a arrellanarse en un conformismo conservador. Esta fórmula fue la que triunfó en la etapa de Breznev. Los intereses de esa clase eran amenazados de forma directa por Kruschev, quien así multiplicó el número de sus enemigos.